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¿Por qué tenemos que dejarles crecer?

Tendemos a sobreprotegerlos cuando son pequeños, por lo que, cuando llega la hora de que empiecen a volar solos, no saben cómo valerse por sí mismos. Es en la infancia de nuestros hijos cuando hemos de aprovechar su predisposición y sus ganas para darles oportunidades que, con el paso del tiempo, les habrán ayudado a crecer en todos los aspectos de su vida.

No comenzamos la construcción de un edificio por el tejado, sino que lo hacemos con unos buenos cimientos. Estos deben ser robustos y fuertes para soportar cualquier fenómeno atmosférico que se presente a lo largo de su vida útil y más ahora que, con el cambio climático, tenemos que estar preparados para todo.

El éxito de educar es acompañar a nuestros hijos a lo largo de su vida para que sean personas felices, que adquieran una autonomía interdependiente y una autoestima que les permita hacer uso de su libertad res- ponsable, al servicio de los demás. Esto lo conseguirán con el ejercicio continuo de las virtudes, es decir, de los buenos hábitos que hayan interiorizado.

Desde bien pequeños son capaces de mucho y según van creciendo son capaces de menos porque lo hacemos al revés. Al comienzo no les pedimos que colaboren porque pensamos que no pueden y, cuando llegan a la preadolescencia o adolescencia, queremos que lo hagan y sean responsables, pero se convierten en unos ‘okupas’ que hacen solo lo suyo, entran y salen, tienen la comida, la ropa y todo lo que necesitan a su disposición. ¿Pero cómo van a ser responsables o a estar predispuestos a colaborar si hasta ahora no lo han hecho porque no les hemos dejado?

En las primeras etapas pueden llevar el pañal a la basura, dormir y comer solos, poner los zapatos en su sitio cuando llegan a casa, colgar el abrigo, llevar su mochila, recoger los juguetes, colaborar poniendo la mesa o sacando las cosas del lavavajillas, ayudar a su hermano o hermana, hacer la cama, vestirse y desvestirse, preparar la mochila de deporte de la semana y un sinfín de cosas cotidianas que son pequeños retos alcanzables que les va a permitir avanzar en su crecimiento personal. Sin embargo, los padres, sin darnos cuenta, vamos por delante de ellos, allanando el camino y quitando las diferentes piedras que se pueden encontrar.

La consecuencia de todo esto es la sobreprotección en forma de la ausencia de cualquier tipo de sufrimiento o dolor. Y esta forma de educar deja huellas severas en los cerebros de nuestros jóvenes, hasta tal punto que los neurólogos nos alertan de que este tipo de educación, en la que sustituimos el papel del córtex prefrontal de nuestros hijos (donde está la toma de decisiones, la inhibición de conducta, la capacidad de modificar nuestras estrategias o la de elaborar conceptos o ideas abstractas entre otras), les anula.

Pensamos que tienen toda una vida para hacerlo y dejamos pasar los momentos oportunos para que lo vayan trabajando. Las bases de esa madurez que pretendemos que alcancen al cabo de los años, se deben establecer desde el principio. Solo necesitan que les demos las oportunidades, les reforcemos, sientan confianza y les dejemos hacer. De esta manera crecen, en todas las dimensiones de la persona: la física, la afectiva, la intelectual y la voluntad. Les estamos ayudando a que crezcan, no sólo externamente, sino internamente.

Víctor García Hoz decía: “lo que puede hacer tu hijo no lo hagas tú”. Qué sencillo y qué difícil a la vez. Esto debemos llevarlo a cabo a cualquier edad, pero comencemos desde bien pequeños. Para ellos va a ser un juego más. Hasta los seis años, todo lo que les pidamos que hagan y les dejemos hacer provocará que se sientan mayores e importantes; a partir de los siete y hasta los diez o doce años, según su desarrollo evolutivo, quieren agradar y están muy dispuestos a colaborar. Desde ese momento comienzan una etapa en que les cuesta más. Pero si lo hemos ido llevando a la práctica desde el principio, se tratará de un entrenamiento gradual. Habrá formado parte de su rutina en la etapa de infantil y se habrá convertido en hábito en la pubertad para que, desde la adolescencia, hasta el final de su vida, sea un trabajo de las virtudes.

Las cosas cuestan hacerlas y, a veces, más pedir que las hagan, pero la práctica es el camino para que lo vayan interiorizando. Tenemos que vivir las cosas en primera persona para aprender a hacerlas. Cada día, los padres tenemos que ‘luchar con las líneas de pensamientos dominantes, del estilo “como son pequeños, ya tendrán tiempo para hacerlo”, “no hay que frustrar al niño”, “¿y si se traumatiza?”, “no le agobies, no tiene edad para esas responsabilidades”, “son niños, no hay que ser exigentes”, etc…

¿Queremos de verdad que nuestros hijos crezcan, que adquieran la madurez correspondiente a cada edad, que sean libres y, en resumen, que sean felices? Pues pongámonos manos a la obra, porque solo depende de nosotros, los padres, que les ayudemos a conseguirlo. ¿Cómo? No hay una receta única y mágica, cada persona es diferente y no les podemos pedir y dar por igual a todos. El objetivo formativo que tratamos alcanzar es el mismo, pero no lo llevarán a cabo de igual manera. Lo que tenemos que hacer es darles mucho cariño, que se sientan queridos, exigidos, valorar el esfuerzo, levantarse de las caídas, volver a intentarlo por sí mismos, buscar soluciones a los diferentes problemas y frustraciones que se van encontrando en el camino con nuestra ayuda (sin sustituirles) y así ellos irán adquiriendo confianza en sí mismos, la base de una buena autoestima. La vida nos ha enseñado que las dificultades nos ayudan a crecer, no les privemos de ellas.

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